El piano volador

PIANO

El piano que mi abuelo tenía en el departamento de Las Heras y Callao bajó los once pisos colgado de un sofisticado mecanismo de sogas y roldanas. No había otra manera de sacarlo. La imagen espectacular de un Blüthner de media cola suspendido frente a los balcones del centro de Buenos Aires me llegó por un comentario de mi viejo, mientras se lo decía medio al pasar a mi mamá que no quería hablar del tema.

-Tuvieron que bajarlo por el balcón.

Esa única frase fue todo lo que escuché y, quizás, algún otro comentario, no mucho más. Una historia que merecía una categoría superior en el anecdotario familiar había quedado reducida a unas pocas palabras dichas casi con indiferencia. Eso pasó cuando yo tenía nueve años. En aquel momento no fui capaz de entender lo que había significado para mi abuelo deshacerse de aquel piano. Había tocado desde muy joven, siempre en pequeñas orquestas de tango, en Salto, el pueblo donde había nacido. Después vino a Buenos Aires y trabajó de cualquier otra cosa, pero siempre había seguido tocando el único género que le interesaba, el tango, en el único instrumento que le parecía digno de ser tocado. Tuvo un piano vertical en la casa de Victoria cuando mi viejo y mis tías eran chicos, pero creo que ese piano fue a parar a la casa de mi tía Nora después de que mis abuelos se fueron a vivir al centro, en 1970, cuando sus hijos ya eran grandes. Así que por poco más de 10 años no tuvo piano, hasta que de la nada apareció aquel piano alemán de media cola, que era una maravilla en todo sentido, construido con madera rojiza tipo cerezo, cuerdas doradas y un arpa que parecía una escultura. Alcanzaba con mirarlo: la sola presencia de ese instrumento generaba una especie de temor reverencial. Era como si el espíritu de la música se hubiera materializado en el living de mis abuelos. Los técnicos habían tardado varias horas en ensamblarlo. El dueño de Promúsica le había dicho a mi abuelo:

-Si Ariel Ramírez se entera de que usted tiene este piano, le toca el timbre para venir a probarlo.

Pero Ariel Ramírez no lo tocó nunca. En cambio, yo sí. Gran diferencia. Un tiempo después de que el piano se instalara en lo de mis abuelos, por una serie de hechos que nunca sabré bien cómo sucedieron, terminé tomando clases particulares todos los viernes a las cinco de la tarde con un profesor del Conservatorio Nacional de Música. Mi abuelo me pasaba a buscar por mi casa en Martínez y, después de la lección frente al Blüthner, me quedaba a dormir en Callao, como le decíamos a aquel departamento. Todavía me acuerdo del ruido del tránsito y de las sirenas que subían desde la avenida y que, aunque no me dejaban dormir, me generaban fascinación por el caos que se respiraba en el centro. Era como estar en una película. Eso habrá durado unos seis meses y terminó porque yo no quise seguir más. Mis viejos me dijeron que no había problema, pero que se lo tenía que decir yo a mi abuelo. Después de tragarse la bronca mientras me llevaba ese viernes a la que iba a ser la última lección, mi abuelo me dijo que estaba bien, que no había ningún problema, pero que se lo tenía que decir yo al profesor. “Pero estabas progresando, ¿por qué? Es una lástima”, dijo el profesor, un chico muy joven con la campera de jean y los rulos típicos de la época, mientras se agarraba la cabeza. Estaba ofendido. Hasta creo que quise consolarlo mientras se subía al ascensor diciendo algo como “por ahí sigo más adelante”, pero me dijo “no, no, ya está” y cerró la puerta tijera negando, derrotado. Aquel día aprendí a dar malas noticias, a desilusionar a las personas y, a pesar de todo eso, a seguir manteniendo mi decisión. Fue liberador terminar con las clases. El episodio pareció quedar olvidado: cada tanto me quedaba a dormir en lo de mis abuelos y me sentaba a jugar con el piano, sin que nadie dijera nada. Di el asunto por terminado. No fue mucho después de eso que el piano salió por el balcón. Mi abuela dio justificaciones como “para qué necesitamos semejante instrumento” o “es un armatoste”. Fue sustituido por un infamante teclado Yamaha gris cuyo mayor mérito era que uno de los sonidos que tenía se parecía mucho al del comienzo del tema “Piano Bar” de Charly García. Yo podía haber dado el tema por terminado pero para mi abuelo la cuestión no estaba cerrada. Ni se iba a cerrar, en realidad, nunca. Después de una tregua de algunos meses, escuché una frase que en aquel momento habrá sonado casual, pero que en realidad fue el primer movimiento de una larga sinfonía que me iba a acompañar a lo largo de buena parte de mi vida. “Vos ahora podrías estar tocando el piano en serio”. Es muy probable que cuando mi abuelo me dijo eso yo haya estado jugando con los sonidos del Yamaha. Supongo que lo escuché con una mezcla de sorpresa e incomodidad. A partir de ese día siguió insistiendo con la misma idea, usando distintas frases, con un repertorio que incluía “el tiempo pasa igual y si no estudiás, no aprendés”, “el profesor decía que andabas bien”, “yo no sé por qué no quisiste seguir” y algunas otras que en algún momento, siempre que nos veíamos, yo sabía que iba a escuchar. Durante décadas me dijo los mismos latiguillos, con distintas variantes, en todas las situaciones posibles, mientras la vida me iba transformando: los escuché como adolescente que intentaba arañar una guitarra, como joven estudiante de cine con pretensiones artísticas, como no tan joven que suponía estar progresando en el trabajo y hasta como padre primerizo. Él también se fue transformando y de una persona mayor independiente y sana pasó a ser un anciano que no podía salir solo de su casa. Cada tanto perdía contacto con la realidad y se confundía al punto de no saber en qué época estaba viviendo. Y cada tanto volvía y se conectaba, con esa secuencia desconcertante que conocen bien quienes conviven con alguien que tiene problemas neurológicos. Hay algo en la mirada, en la forma de hablar, que permite reconocer un momento o el otro. Quizás sea la diferencia entre estar hablando con la persona real, la que conocemos de siempre, o con esa imitación vacía creada por el estado alterado. La revelación que le dio un significado nuevo a la presencia de aquel piano en mi vida sucedió durante uno de los momentos de conexión plena. Pero tal vez yo me haya confundido. Después de decirme alguno de los ya clásicos latiguillos, me dijo:

-Yo había comprado ese piano para vos. Cuando no quisiste seguir estudiando lo vendí.

En lo personal, fue como si el tiempo se hubiera suspendido en ese instante. Le pregunté varias veces, en ese mismo momento, si había sido así y volvió a confirmarlo, sin dudar. Los recuerdos son engañosos, el tiempo vuelve borrosas todas las situaciones y la memoria inventa mucho de lo que suponemos haber vivido. Solo unos pocos acontecimientos quedan: nadie discute ni que el piano estuvo en el living de mis abuelos ni que tuvieron que bajarlo por afuera del edificio. Pero los motivos que llevaron a que aquello pasara se perdieron en el tiempo: ni siquiera quienes tomaron las decisiones pueden acordarse de cómo fueron las cosas en realidad. Esa fue una revelación que escuché yo solo y que, en definitiva, sólo significó algo para mí. El piano volador había sido mi piano. Pero no lo supe hasta mucho tiempo después. Y tampoco pude verlo suspendido por el cielo de la ciudad. Voy a seguir imaginando la escena, hasta que algún día, tal vez, llegue a creer que de verdad lo vi bajar los once pisos colgando de manera espectacular sobre la ciudad hasta irse por Callao para seguir su camino.

Anuncios

Celebraciones

CELEBRACIONES

Todo parece detenido. Es enero. Todo parece detenido pero sigue. Se respira todavía una cierta resaca de festejos obligados, de ciclos que siempre reclaman ser celebrados de una manera reglamentaria. Los ciclos de verdad, los que marcan a cada persona para siempre, o por el tiempo necesario para ser considerados “para siempre”, no suelen tener fechas definidas, son más bien referencias temporales, casi crónicas de una sola frase: “antes de conocernos”, “después de que nacieron los chicos”, “cuando te fuiste a vivir afuera” o cosas por el estilo. Esos ciclos aparecen de golpe, en momentos inesperados, reclamando que los celebremos sin parientes ni fuentes de ensaladas, sin regalos ni indigestiones gratuitas. Marcan la vida a fuerza de pulsos invisibles. Sorprenden en la mitad de una frase, trayendo un silencio del que no sabemos bien cómo salir. Viven en esa clase de ausencias que vemos en personas que en alguna reunión se quedan solas un rato, mirando hacia ninguna parte, con una expresión en la que nos cuesta reconocerlas. Las marcas de esos ciclos no son los caprichos de las fechas de un almanaque, si no otros más difíciles de combatir: los de la memoria, los de las historias que no podemos dejar de contarnos, las que nos sacan de donde estamos para llevarnos, por unos instantes, a otro plano, a otro lugar. Mientras tanto, seguimos acá, recorriendo de a poco el verano aplastante. Los que volvieron de las vacaciones todavía no terminan de arrancar y los que no se fueron actúan una energía que ya no tienen. Por delante acecha todo un año de celebraciones prefabricadas. En los espacios vacíos que dejan esos festejos convencionales esperan los otros, los que se revelan cuando ellos quieren, los que, sin importar el día, mes o año en el que pasaron, al final siempre terminamos reconociendo como nuestra verdadera vida.

El Aula de los Condenados

AULA-01

Habíamos perdido el paraíso. Lo sentíamos cerca: sus árboles frescos, sus veredas que llevaban a la libertad, sus caminos abiertos. Pero durante esa hora, tal vez hora y media, se nos negaba a cada uno de los que estábamos ahí. El motivo era tan injusto como inapelable: no pensábamos ir por ningún motivo a la misa anual que organizaba el colegio: un bachillerato común, privado, medio pelo y que, se suponía, no era religioso. Pero todos los años había una misa y la única posibilidad de no asistir era llevar una autorización de los padres: un permiso para la negación. Los que no íbamos teníamos que permanecer, durante el mismo tiempo que duraba la misa, esperando para irnos a casa. La suma de judíos, evangelistas, ateos y otras yerbas era, casi de manera milagrosa, la justa para caber en una misma aula. Yo estaba en el grupo de ateos reconocidos que no habían optado por el facilismo y la hipocresía de frases como “es un rato, te bancás la misa y te vas a tu casa”, discurso que también compartían los que se querían hacer los superados pero en el fondo preferían no desafiar la ira bíblica. Así que ahí estábamos. Con varios ya nos conocíamos. Hacíamos chistes y no nos tomábamos la situación en serio. Al menos no los ateos. Y tampoco los judíos. Había algunas versiones atípicas de cristianos que trataban de explicarnos en qué creían. Para mí la cosa no pasaba de ridícula, pero con el tiempo fui dándome cuenta de que no debió haber sido así para algunos de los que se quedaron encerrados con nosotros. Recuerdo a dos hermanos, grandotes, parecidos, creo que era mellizos, que nos miraban y se reían de manera nerviosa, sin hablar. Tengo la idea de que dijeron ser menonitas o algo por el estilo. Imagino la tortura que habrá sido para ellos haber quedado rodeados de los peores herejes de la Tierra, por un lado los que se tomaban a la liviana cualquier tipo de creencia, por otro los que profesaban una fe equivocada, inspirada sin dudas por fuerzas oscuras. Y todos ellos haciendo chistes estúpidos, inimaginables. Ninguna escritura sagrada podía protegerlos contra eso. Pienso en sus padres optando por un colegio laico, creyendo que el único percance sería una misa anual que podía evitarse con facilidad, para que sus hijos terminaran rodeados de un seleccionado de activistas del mal. O quizás nadie lo llegó a ver así nunca y no éramos más que un grupo de adolescentes retenidos en el colegio por un motivo absurdo, esperando que nuestro cancerbero viniera, como todos los años, a decirnos “listo, chicos, se pueden ir”. Siempre se quedaba el mismo directivo de la escuela. Estoy seguro de que los renegados de la misa le dábamos la mejor excusa posible para no tener que aburrirse en la iglesia, poder leer el diario tranquilo, fumarse un par de cigarrillos y dejar pasar la mañana sin hacer nada. Cuando se cumplía el tiempo, o cuando ya habría repasado por quinta vez la misma noticia deportiva, venía a avisarnos que podíamos salir, que otra vez éramos libres. Cruzábamos la puerta de la escuela con alivio y con la rara sensación de ser pocos, distinguiendo el sonido de nuestros pasos en las baldosas lustrosas. Una vez afuera, nos alejábamos sin continuar ninguna de las conversaciones de adentro, apenas saludando a nuestros compañeros casuales de prisión, buscando la libertad de aquellas tardes interminables que siempre fueron nuestro verdadero cielo.

Mochila

MOCHILA

Ser condenado a vivir lo mismo una y otra vez: esa es la gran amenaza que atraviesa toda la vida académica, desde el jardín de infantes hasta el momento de lograr el título universitario. La versión oficial dice que asistimos a instituciones educativas para aprender. El texto oculto dice que si no respetamos ciertos tiempos y formas tendremos que volver hacia atrás, cumpliendo con aquello de vivir como farsa lo que primero fue tragedia: repitiendo la propia historia. Ese es el temor que aparece en esos sueños de adultos, muchos años después de dejar las aulas, en los que debemos volver a aprobar materias del primario o del secundario. Ese es el fantasma que persigue a todos los estudiantes, pero con mucha mayor saña a los que pasan a los tumbos por la vida escolar. El mismo que inquietaba desde siempre a los dos amigos que pasaban los recreos charlando en un rincón del patio del Nacional de San Isidro. Se parecían: los dos eran flacos y altos, con el pelo largo y no tenían el menor interés en ninguna de las materias del colegio. Estaban en tercer año y siempre habían aprobado por insistencia paterna, por el trabajo esmerado de los profesores particulares, porque cada tanto se esforzaban para que los dejaran de perseguir y porque, en definitiva, no les quedaba otra. Les interesaba la literatura, pero no los best sellers, las películas, pero no las que rompían taquillas en el cine y les interesaba, por sobre todas las cosas, la música, el rock, las canciones, la vida de los músicos…, ese universo que era una vía de escape a la realidad mediocre que los rodeaba. Todo eso los apasionaba, pero ni Led Zeppelin, ni David Bowie, ni Spinetta, ni Charly iban a lograr que alcanzaran los objetivos de las materias insoportables que tenían que cursar. De más está decir que no escuchaban ninguna banda que estuviera de moda. No eran alumnos problemáticos: los típicos desmanes y bromas escolares les parecían ridículos, infantiles, cosas de descerebrados. Simplemente, no le prestaban atención a lo que pasaba. Habían cruzado todo el año con su estilo: arañando las aprobaciones, aferrándose con uñas y dientes a la nota milagrosa, al dato salvador, a la carpeta completada a las apuradas en el final de la tarde del último día. Llegaron, haciendo carambolas de objetivos y materias dentro de aquel sistema de aprobaciones de los años 80, hasta diciembre y, por supuesto, se fueron a marzo con el número justo de materias para no salvarse: 3. Con 2 tocaban el cielo: las previas eran un problema para más adelante. Pero no pudo ser. Tuvieron que pasar febrero simulando que estudiaban. Cada uno se jugó a aprobar una materia distinta para poder pasar: uno fue por matemáticas, el otro por geografía. Ambos tenían que rendir el mismo día, en horarios diferentes. El primero fue el que había elegido matemáticas y, contra todos los pronósticos, aprobó, casi a primera hora, cuando todavía no había conseguido despertarse del todo. Un rato más tarde, caminando con pasos que buscaban disfrutar de la sombra de los árboles más que avanzar, llegó su amigo. Era una mañana de principios de marzo y el colegio transmitía esa sensación de vacío, de calma cercana al naufragio que se respira siempre en los lugares utilitarios durante los momentos marginales. Luego de una frase de aliento frente a la puerta del aula sus trayectorias se separaron: uno fue a enfrentar a la profesora de geografía y el otro a esperar sentado en el suelo del patio. El afuera se abría como un lugar de tranquilidad para el que había aprobado. Cada tanto pasaba algún conocido que lo saludaba y se perdía en los pasillos. Las pocas personas que circulaban por el colegio iban a un ritmo pausado, como si estuvieran guardando la energía para otro momento. Algunas voces, también algunas risas, resonaban perdidas en los recovecos del edificio. Dentro de esa parsimonia que iba llevando a la somnolencia empezó a crecer un sonido rítmico. Eran golpes lejanos, algo confusos, pero que tomaron en seguida su forma definitiva de pasos firmes. Abandonando la penumbra de uno de los pasillos emergió la silueta delgada del que había ido a rendir geografía. Sus pelos se sacudían, ondulando sin orden, con cada movimiento que lo impulsaba hacia adelante. De su boca salió una sola palabra, corta y afilada:

– Repetí.

Cruzó la puerta del colegio como una sombra. Costaba seguirlo. Su amigo ensayó unas palabras de consuelo pero se dio cuenta de que era mejor no decir nada. Tenían que ir hasta la avenida. El empuje enérgico de la caminata se fue perdiendo y entraron en una lentitud pesada, en un andar sin voluntad que los hacía desplazarse con indolencia entre la gente. Como en un espejo, cada uno llevaba su mochila colgando de un solo hombro y eso alteraba su marcha. Esperaron el colectivo en un mutismo que por momentos se hacía difícil de soportar. Daba la sensación de que el 60 que tomaron se iba a desarmar bajo el sol del mediodía. Cada acelerada hacía vibrar la carrocería y sacudía los acrílicos de las ventanas. El primero que tenía que bajarse era el repetidor. No terminó de levantar la mano para saludar, cuando vio que su amigo se paraba. “Te acompaño”, le dijo. El otro no tenía fuerzas para resistirse y en el fondo prefería no estar solo cuando tuviera que darles la noticia a sus padres. Caminaron las dos cuadras más largas de sus vidas. Cada baldosa era una antesala del abismo. Ninguno podía decir nada. El que había repetido parecía estar perdido en una ensoñación, dentro de un mundo sin emociones. Su cara era como una máscara inmutable. Hasta que estuvieron a pocos pasos de la puerta. En ese momento el cuerpo del repetidor se convulsionó en un espasmo veloz. La mente de su amigo proyectó la escena antes de que sucediera, en esos pocos instantes que le tomó al pie despegarse del suelo. Así pudo imaginar al repetidor pateando la mochila con un sonido sordo. Por efecto del golpe los libros la deformarían mientras giraba en su vuelo y caería, con la tapa impactando en las baldosas, hasta quedar como un saco informe y sin gracia en el suelo. Esa había sido la proyección mental hasta que el pie logró de verdad llegar hasta la mochila. Cuando eso sucedió, en lugar de un golpe sordo, se escuchó un roce fugaz de telas. El dueño de la patada enfurecida perdió un poco el equilibrio, como si algo no coincidiera con lo que su cuerpo esperaba. La mochila que voló, lejos de ser ese saco lleno de libros que apenas podía luchar contra la gravedad, se movió como una lámina, desplazándose en el aire. Una ráfaga de viento la empujó, haciéndola planear unos metros, atravesando los rayos de sol que se sacudían inquietos, hasta que se deslizó con suavidad, acariciando la vereda en un aterrizaje delicado. Ahí quedó, guardando la única carga que llevaba desde hacía varias semanas: una birome sin tapa y unas pocas hojas arrugadas. Cuando lograron salir del asombro, ambos lanzaron una carcajada única, contundente y sincronizada. El vuelo liviano de la mochila decía mucho más de lo que valía la pena explicar. El repetidor la levantó con un movimiento lento. Cruzó con su amigo una de esas miradas que siempre actuaban como puntos de partida. El ciclo volvía a comenzar.

Podio

PODIO

Los últimos somos más que los primeros. Ganamos en cantidad. Por eso siempre hay uno solo en el primer lugar del podio y muchos abajo, mirando, tal vez envidiando o despreciando, que es casi lo mismo, al que está ahí arriba. Yo tuve la suerte de estar en ese lugar. La suerte, no el mérito: la vida me dio la posibilidad de experimentar algo que en realidad no me correspondía. Lo mío, en aquella colonia del club San Fernando que funcionaba todo el año, era una rutina que no cambiaba: llegar a las 9 de la mañana los sábados para hacer una serie de actividades deportivas hasta las 2 de la tarde rogando que llegara el momento de volver a casa. Pero un día esa rutina se interrumpió. En lugar de jugar a los deportes habilitados por las demarcaciones superpuestas del playón de la entrada, que eran vóley, handball, básquet y fútbol, íbamos a correr una carrera entre todos los grupos, formados por chicos de entre 7 y 12 años. Era una especie de maratón. Teníamos que recorrer un circuito bastante extenso, algo así como dar dos vueltas a las canchas de rugby, ir hasta el bar que estaba cerca de la cancha de hockey y después hacer todo el camino de vuelta. Nos identificaron con un papel de color, por grupo, según la edad, con nuestro nombre. Si hasta acá resulta confuso es porque esa era la sensación que reinaba también aquel día en el club: creo que la idea y la organización de la carrera debió haber surgido en la euforia de una reunión trasnochada de los profesores del San Fernando, hartos de hacer todos los fines de semana lo mismo. Sin entender demasiado bien qué estaba pasando, se largó la carrera. Recuerdo ir avanzando con lentitud. Mis pies chocaban contra el piso como si fueran de plomo mientras veía al resto de los corredores alejarse. Aquel aire transparente y la sombra fresca de los eucaliptos me daban unas ganas irrefrenables de tirarme a descansar en lugar de estar metido en esa competencia que para mí no tenía ningún sentido. Esa carencia total de hambre de gloria producía una pesadez desmesurada, incomprensible en un chico flaco como era yo. Los profesores se habían instalado en ciertos puntos del recorrido, controlando el curso de la carrera. Recuerdo sus frases de aliento y sus miradas de lástima cuando yo pasaba. Creo que hasta caminé en algunas partes cuando nadie me veía. Penando, volví hasta el playón, donde me desprendieron el papel de color con mi nombre y lo apilaron con los de mi categoría. Nos quedamos sentados un buen rato en el piso junto al podio de 3 escalones, todavía vacío, esperando el anuncio de los ganadores. Sobre una mesa brillaban los trofeos: unas copitas plateadas de base negra y medallas con cintas azules. Caminando lento se fueron acercando los profesores. Daban primero los nombres del tercer y del segundo puesto, a quienes entregaban medallas, y por último el del primer puesto, que se llevaba una de las copitas. Yo me dedicaba a mirar los árboles, al cielo o a los pájaros, con la mente perdida en otra cosa, mientras la ceremonia avanzaba como un murmullo de fondo. En un momento escuché mi nombre. Fue un golpe que me sobresaltó. Traté de hacer foco en el lugar de dónde provenía la voz que me seguía llamando, asomándome por encima de varias cabezas que se movían como buscando algo. Entonces descubrí el podio: solo faltaba ocupar el escalón más alto. No podía ser. Volvieron a llamarme. Me paré despacio, para ver si la situación cambiaba. Todos me clavaban la vista, en medio de un silencio que envolvía a cada uno de los que estábamos ahí. Paso a paso, tuve que avanzar y subir al primer puesto. En mi mano, adormecida por el asombro, se apoyó, como en un pase de magia, una de las copas. Nunca había ganado ningún premio: recordé los estantes en las habitaciones de algunos amigos míos, con pequeños tenistas o jugadores de fútbol dorados mezclados con autitos y libros. Miré a todos desde ahí arriba. No sería más de un metro, quizás fuera menos aún, pero a la vez era como estar sobre una cima inalcanzable. En primera fila estaban los chicos habilidosos del grupo, los que hacían chistes con los profesores y capitaneaban los equipos en todos los deportes. “¿Ese ganó?”, preguntó uno de ellos al amigo incrédulo que estaba a sentado a su lado. Bajé del podio flotando en una suerte de nebulosa. El mundo que me rodeaba había quedado muy lejos. Creo que alguien me felicitó. Al rato, mi viejo me vino a buscar. “¿Vos te ganaste eso, en serio?” preguntó, cuando me vio con la copa en la mano. Fuimos caminando hasta la salida. Estábamos a pasos de cruzar la puerta del club y llevar el premio al mundo real, allá donde hubiera servido para validar ese triunfo insólito. Otra vez escuché mi nombre, esta vez por altoparlantes, junto a varios nombres más. Tuvimos que volver. Nos explicaron que habían cometido un error: cuando apilaron los papeles con los nombres en la llegada se olvidaron de que tenían que invertirlos para que el primero quedara arriba de todo. Como no lo habían hecho, el primer papel que encontraron fue el mío: el del último que había llegado. Así se fue el premio, con su verdadero dueño, que tuvo al fin la copa pero no el podio. Durante ese fin de semana contamos la historia varias veces, nos reímos y mi viejo se lamentaba de lo único de lo que podíamos lamentarnos: que alguien se hubiera dado cuenta. Al menos sé que estuve ahí arriba. Y que me lo gané, perdiendo.

Un fantasma recorre las vacaciones

FANTASMA

No es el trabajo, ni la rutina, ni los lugares gastados de tanto verlos y transitarlos. Es lo que pensamos, lo que decimos, la manera en la que hablamos, las palabras que ya sabemos que vamos a usar como respuesta a lo que ya sabemos que el otro nos va a decir. En todo eso está el personaje creado para el guión de lo que llamamos “nuestra vida”. Ese es el fantasma que no nos deja escapar. Tal vez la única posibilidad sea fugarse a un escenario donde su existencia no tenga ningún sentido. Ir a una ciudad en la que nunca estuvimos y donde ninguna persona nos conozca. Ser nadie otra vez. Convertirse en ese tipo que espera un tren en una estación, en esa mujer que toma un café y parece tener todo el tiempo del mundo o en el que le saca fotos a esos edificios que ya no significan nada para los que están obligados a verlos una y otra vez. Ser otro, pero sin llegar a saber qué otro. Cambiar a cada paso, en cada calle, en cada nueva esquina. Así se va deshaciendo el fantasma y comienza a nacer esa sensación etérea que nos acompaña hasta un tiempo después de que volvemos, hasta que el personaje vuelve a despertarse y a ocupar su lugar. Es un ciclo que se repite en cada temporada, con variantes, con resultados mejores o peores, con las marcas que lo dejan anclado en un momento determinado de la vida. Cada uno de nosotros hace lo que puede con su fantasma en las vacaciones: sentarlo en una reposera frente a la playa, hacerle preparar asados para los amigos, llevarlo a caminar por paisajes alejados o ponerlo de guía en una caravana familiar siempre desordenada. Algunos se deshacen más y otros menos. Pero todos, en algún momento, creemos que es posible llegar a ser tan livianos como ese nadie que a veces imaginamos.

Cinturón Blanco

BARRIO-CHINO

Mi paso por las artes marciales fue breve. Y rotundo. Como fracaso, por supuesto. Yo era un chico de 9 años a comienzos de los ’80: épocas de fascinación con las películas de Bruce Lee y la serie Kung Fu. Las artes marciales ganaban espectacularidad y daban prestigio social. No me salvé. El intento de mis padres por inculcarme un amor por el deporte que ellos jamás habían sentido me hizo caer en la clase de yudo del Club San Fernando: ese complejo equipado para hacer casi todos los deportes existentes que era un paraíso para los amantes de las actividades físicas, pero que se convertía en una especie de centro de torturas interminable para mí. Seguramente pensando “vemos si se engancha y después le compramos el traje” me mandaban a la clase con un deslucido pantalón marca Diporto azul y con alguna remera que seguramente tendría una inscripción infamante dado el contexto. El profesor se refería a mí como “el de civil”. Yo creía interpretar que mi presencia en la clase se debía a que tenía que aprender a defenderme de alguna cosa en especial, que nunca entendí bien cuál era. Pasó un tiempo corto, tal vez unas 5 o 6 clases y me hice acreedor de mi traje con su riguroso cinturón blanco al que jamás lograría cambiar de color. Creo que habrán pasado unos 3 meses más cuando el profesor pronunció la aterradora palabra “torneo”. “El sábado torneo, presentarse a las 8”. No recuerdo la hora exacta, pero si recuerdo que era algo contra las leyes de la naturaleza y de la civilización. Ese día nos llevaron al gimnasio del piso de arriba, un lugar investido de cierto carácter sagrado: el lugar reservado a los encuentros “en serio”. Había una gran cama o colchoneta cuadrada, de un material verde rígido sostenido por sogas blancas, con olor a cuero y sudor, donde los contendientes se encontraban. Por razones que habrán resultado válidas en la mente retorcida de los organizadores de aquel encuentro me tocó enfrentarme con un cinturón verde que me sacaba más de una cabeza, pesaría 15 kilos más que yo y tenía una de esas porras con rulos que nadie volvió a ver después de 1984. Para calmar toda ansiedad voy a decir que me ganó sin hacer ningún esfuerzo. Después de ese encuentro se terminaron las clases de yudo en el San Fernando. Creo que dije “basta” y a la luz de la lamentable pelea en el torneo, mis padres tuvieron la dignidad de no insistir. Fin del capítulo 1. Pasaron unos años. Cuando tenía 13 se me dio por volver a yudo. Esta vez en un gimnasio cerca de casa, donde también iba mi hermano, más chico que yo y que había alcanzado el cinturón amarillo en poco tiempo. Debo decir que esa fue una buena experiencia: el profesor realmente era un gran tipo y sabía enseñar. El que no sabía aprender era yo, pero de todas maneras fui unos cuantos meses y la pasaba bastante bien. Hasta que un día, a pocos metros de la puerta del gimnasio, de la oscuridad que ya había a las siete y media de la tarde en invierno, aparecieron dos chicos: uno de mi edad y otro de unos 16  o 17 años que me encerraron. Plata no tenía. Lo único que traía era mi bolso Hood naranja con el traje de yudo con su impoluto cinturón blanco. Se lo llevaron. Me quedé unos instantes parado en la puerta del gimnasio, hasta que entré y le conté al profesor. Un rato después me vino a buscar mi viejo. Fin del capítulo 2. Nadie volvió a insistirme con las artes marciales. Ese final era una demostración de la inutilidad de que yo las practicara: una actividad pensada para la defensa personal se ve truncada por el robo del traje para practicarla. Debo decir que nunca me gustaron las películas de Bruce Lee ni las de artes marciales. Pero sí fui fanático de la serie Kung Fu. Cada uno tiene su propia manera de ser un pequeño saltamontes.